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SE LO LLEVA LA TARDE: Daniela Ruiz Rivero

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La narrativa y creatividad de cuarenta y dos jóvenes escritores engalanaron la II edición del concurso estudiantil de literatura que convocó la Universidad Nacional Experimental de Guayana a través de la Coordinación General de Extensión y Difusión Cultural, y el Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes (CIELA), los cuales presentaron sus obras en los géneros literarios establecidos para esta oportunidad; cuento, poesía y ensayo. Este concurso representó un espacio para la expresión literaria de los jóvenes que hacen vida en las aulas unegistas. Los ganadores esperan con anhelo que se materialice lo prometido, por el CIELA y el fondo editorial de la UNEG, como lo es la recopilación y publicación de estas producciones escritas en una edición especial .
En lo que respecta al veredicto del jurado en el género cuento, la estudiante del quinto semestre de informática Daniela Valentina Ruiz Rivero, con el seudónimo Cándida Buendía, resultó ganadora con su cuento titulado "Se lo lleva la tarde". El jurado integrado por Roger Vilaín, Kely Daly y José Vicente Henríquez, expresaron que "se valoró el manejo del lenguaje literario, la fluidez de la anécdota como propuesta y la consecución de un texto narrativo bien hilvanado, que induce a la reflexión constante sobre lo que se cuenta".
De modo que el grupo literario Babandí se complace en publicar este cuento triunfador y que es motivo de orgullo para su padre el poeta Daniel Ruiz miembro de esta asociación literaria.

 

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SE LO LLEVA LA TARDE
Cándida Buendía


Salvador contemplaba ensimismado aquel cielo de una tarde de septiembre, teñido de naranja; dándole una faz melancólica al mar que lo vería morir un buen día, de un futuro no muy remoto. Él lo sabía. Sabía que el fin de su espantosa vida estaba a la vuelta de la esquina, y, a decir verdad, poco parecía importarle si por sus venas corría aunque fuese una sola gota de sangre. Sus largas y cadavéricas extremidades ya no respondían ante las ordenanzas dictadas por su razón, tenía un semblante fatídico, en tantos años de existencia ya no había nada que pudiera hacerlo aferrarse a este mundo con lo que le quedaba de fuerza.
Impulsado por dos ruedas metálicas hasta dentro de la choza en la que pasaba los últimos días de su vejez completamente en solitario, convencido de que en algún momento tendría la fortuna de que la divina providencia intercedería por él y haría lo que no había podido hacer él por sus propios medios, tal vez más por cobardía que por otro motivo, se llevaría consigo su último soplo de aire, y para cuando ese momento lo alcanzara no le daría la dicha a sus adversarios de presenciarlo para su regocijo, así como tampoco le causaría pesadumbre a sus seres amados ni mucho menos tener que lidiar con alguna especie de acto de despedida; cosa que siempre le causó aversión.
-No comprendo cuál es el propósito de convertir actos tan naturales de la humanidad como el nacimiento y la muerte en un gran escándalo- era el tipo de pensamientos que lo atormentaban cuando se presentaba la oportunidad.
Luego de tomar café cerrero en una lata vieja y carcomida por el óxido, que alguna vez, hace muchísimos años, contuvo guisantes, Salvador se dispuso como pudo en su hamaca. Extendió su brazo para alcanzar de una pequeña mesa, el periódico que le había llevado su vecina, esa misma mañana. Le gustaba leer el periódico cuando caía la tarde, cuando los acontecimientos perdían cierto grado de importancia, mañas de viejo, o quizá porque de ese modo su conciencia ya no se intranquilizaba por evitar lo que ya había ocurrido.
Fue en ese entonces, leyendo las crónicas del día anterior, que se enteró que el último jefe de Gobierno de su antiguo partido, que lo condenó a abandonar el amor más grande que puede sentir un hombre: su patria. Después de haber transcurrido más de 50 años, por fin había fallecido. Una ola de aire frío recorrió su cuerpo y lo estremeció hasta la médula, no se puede intuir que era una sensación de consuelo, pues dadas las desdichadas condiciones en las que se encontraba, ni la más placentera de las noticias le devolvería la tranquilidad a su alma colmada de desasosiego.
Por un instante, pensó que ya no habría más razón por la cuál estar desterrado de su pedazo de suelo, más querido en todo el planeta. Bien es cierto que cuando empezamos a crecer presumimos que somos seres universales, y si hemos venido al mundo con la capacidad de desplazarnos por donde sea que nos plazca, quiere decir que no estamos atados a quedarnos en nuestro nido, pero para Salvador, quién había sido un hombre de batallas, un errante la mayor parte de su vida, ninguna emoción era tan sublime como la de volver a su terruño.
Después de una larga y ardua campaña, para este individuo, quién hace menos de dos lustros se podía sostener en sus propias piernas, el apego a su territorio de origen no lo había aprendido en la escuela, ni se lo había inculcado su familia, mucho menos lo había comprendido a la fuerza en la academia militar, llanamente lo sentía porque fue una necesidad de su espíritu, a fin de cuentas, es uno mismo el que crea su hogar, no se lo encuentra por mera coincidencia.
A pesar de consentir el pensamiento de regresar a su país, inmediatamente desechó la idea de su cabeza, si no fuese un anciano decadente, postrado en una silla de ruedas, que a duras penas puede limpiarse luego de evacuar, entonces hubiese materializado su pensamiento. En cambio, se sentía como un perro que fue echado a patadas de la casa por tener sarna, nadie deseaba volverlo a ver, mucho menos si además de volver con las mismas pústulas trae una pata rota. Posiblemente, Salvador, haya olvidado lo que desayunó, incluso que no recuerde el nombre de su única vecina, la que le lleva con cara de compasión el periódico cada mañana, pero si existe un recuerdo que permanece latente en su memoria, tan vívido y persistente, es precisamente aquel momento en el que se vio forzosamente exiliado. Ese día es tan doloroso para él como si fuese su propio prurito, y recordarlo es rascarse las llagas hasta dejarlas en carne viva.
Estaba a punto de convertirse en el vicepresidente de la República, gracias a su excelente labor como General de la Armada, ahora retirado, si algo caracterizaba a Salvador era una profunda obsesión por realizar bien su trabajo, aunque muy en el fondo se trataba de un temor incomprensible a decepcionar a las personas que siempre estaban depositando en él las expectativas más altas.
Su más entrañable amigo, el presidente de la República, estaba listo para nombrarlo segundo mandatario en su próxima junta. Sin embargo, ese día Salvador se encontraría con una escena que marcaría el resto de su vida.No eran tiempos fáciles para el gobierno, era el segundo mandato de un presidente que llegó a la jefatura gracias a una campaña que sensibilizó a la mayor parte de la población y puso en evidencia el terrible rostro de los sistemas de gobierno anteriores, que, al igual que todos, bien sea directa o indirectamente, el pobre e ignorante siempre es el que termina perdiendo. La situación del país era insostenible, se vivía en un estado de anarquía perenne, no era culpa del presidente, mucho menos era culpa del modelo socioeconómico que se había establecido, por supuesto que no, al menos eso decían; muy por el contrario, ese caos fue inducido como una dosis de algún narcótico en el organismo, se filtró por las venas de la multitud, amoldada para vivir con un apetito voraz por satisfacer sus necesidades, incluso esas que aún no sabían que padecían.
Salvador tenía muchos planes que contarle a su amigo el presidente, cuando se sentara en su nuevo cargo, él pretendía cambiar de color la zozobra que en su país se respiraba, sabía que era una nación prospera, solo hacía falta que se les alimentara la conciencia antes que el estómago; lo que él no sabía era que esa misma tarde a su amigo le volarían los sesos de un plomazo en la sien. Cuando fue a su despacho consternado por su tardanza a la junta y lo encontró tirado en el suelo con la mitad de la cabeza hecha añicos quiso salir espantado del lugar y que su mente hiciera el intento de borrar de su cabeza lo que habían visto sus ojos, pero fue muy tarde, ya habían entrado más personas al lugar. Al verlo tambaleando cerca del cadáver, con el arma del delito a escasos pasos de sus botas, lo condenaron inmediatamente de magnicidio, pero, ¿en qué momento pudo haber sido Salvador el que fraguara todo ese plan siniestro?, trató de explicar que él estaba tan impresionado como el resto de los presentes en la escena, solo que tuvo la desdicha de entrar primero.
Por fortuna para Salvador, la hora en que pareció ocurrir el asesinato coincidía con la hora en la que él se encontraba sentado en la sala esperando por su amigo, por lo que quedó libre de culpa. Las autoridades pertinentes dejaron el asunto como un suicidio, tenía sentido para muchos, que empezaron a sacar toda clase de teorías, como que el mandatario al ver en lo que se estaba convirtiendo su amada patria prefirió arrancarse la vida que hacer algo por mejorarla. Esto a Salvador no le pareció convincente desde la palabra %u201Csuicidio%u201D, conocía a profundidad a su amigo, sabía que compartían los mismos ideales, sabía que él no se escaparía de sus responsabilidades como una rata asustada, incluso le pareció muy extraño que con tanta vigilancia con la que cuenta el despacho presidencial nadie antes que él se hubiese percatado de lo ocurrido, fue cuando comprendió que todas las personas que estaban a su alrededor lo habían planeado, todos estaban de acuerdo en que ya el presidente se les había convertido en un estorbo, más aun cuando tenía pensado formar un nuevo gabinete con hombres de su entera confianza y con dignidad como él, en cierto grado se sintió culpable, pero fue más grande un sentimiento de repulsión al saberse rodeado de un montón de aves rapaces rondándole cual carroña.
Toda esta revelación fue tan fugaz para Salvador, todavía no se había repuesto de encontrar a su camarada tirado en medio de su despacho con los sesos afuera, y ya tenía encima las garras afiladas de todos los miembros del partido. Se rehusó por un momento a dejar de luchar por el país que le había prometido su presidente al pueblo, pero al mismo tiempo era evidente para él que se encontraba solo y no podía confiar en nadie ahora. A pesar de que se desmintió la culpabilidad de Salvador, para toda la población él era el culpable, y por más que se esforzara no iba a poder limpiar su nombre. De repente se sintió ajeno a todo lo que conocía, tantos años de servicio y esfuerzo fueron en vano por una patria ingrata. Y pensar que unos años antes, su amigo en el último discurso de su campaña había jurado que nada ni nadie detendrían el avance de ese maravilloso país, sus contendientes no tuvieron que hacer absolutamente nada por acabar con su autoridad, entre ellos mismos lo destruyeron. Si Salvador se quedaba irían tras él,nada podía detener al monstruo enfermo de poder que crecía vertiginosamente y pretendía devorarlo en cuanto lo tomara por las garras. Por lo que optó por expatriarse a una isla, lo suficientemente cerca para ver el estallido de sus compatriotas y lo suficientemente lejos como para que no le salpicara la cara.
Desde entonces, Salvador no pertenece a ninguna parte, solo repite la misma rutina cada día, contemplar el firmamento desde que el sol se asoma por el mar, hasta que se oculta dejando a su paso una danza de colores apacibles, es todo lo que le queda a Salvador, contemplar, y pensar que todo lo que hizo y dio por su país, se lo lleva la tarde.

 

 

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